6 de noviembre de 2011

Mamadou, Mohamed y Román buscan piso

Mamadou tiene 20 años, vive en la Casilla (Bilbao) y es calderero. Le gusta el rap, habla a menudo con su familia y no tiene pareja. Su mirada es limpia y, cuando algo le interesa, achina ligeramente los ojos. Por ejemplo, le causa sorpresa que en España las familias tengan pocos hijos. Es optimista. Llegó a España con 17 años. Desde Guinea. "Como fue colonia francesa, nos es más fácil llegar a Francia".
Román es de Bilbao, canta en un coro y tiene 31 años. Es dicharachero y el bullicio de Deusto -un viernes a esa hora en que todo el mundo queda a la salida del metro para hacer sus planes- se le hace familiar, pero lejano. "Ha cambiado mucho Bilbao".
Mohamed trabaja de hojalatero, tiene 20 años y sabe que sus padres nunca querrán venir a Bilbao. Es bereber, de Ouarzazate, al sur de Marraquech. No es el mayor de sus hermanos. Llegó a España escondido en un barco. "A veces, cuando puedo, mando dinero a mi familia".
Sos Racismo comprometió este viernes pasado, 4 de noviembre de 2011, a medio centenar de personas para comprobar si la raza tiene importancia a la hora de alquilar una vivienda. La raza es esa fantasía que nos permite clasificar a las personas por el tipo de tirita que usarían para taparse una herida.
Dividieron Bilbao por zonas, selecionaron agencias inmobiliarias y nos citaron en las inmediaciones para proceder al retrato.  En este caso, para que la muestra pueda ser homologable, los demandantes de vivienda deben tener características similares. Ver a Mamadou, Román y Mohamed juntos no chocaría a nadie. En Bilbao, chocar es sinónimo de causar extrañeza.

El recado era el siguiente. Debían ir a las inmobiliarias elegidas (al azar dentro de una zona) y preguntar por pisos en alquiler en Bilbao. Dos habitaciones, cocina, para compartir. Máximo 950€.

Solamente debían tomar buena nota de lo que les ofrecieran y responder a lo que les preguntaran: Por ejemplo, Mohamed: Soy hojalatero, gano 1.400€ , compartiré con un amigo, él gana 1.100.
Mamadou: Soy calderero, trabajo de recadista, gano 1.100.
Román: ...
Y efectivamente, los puntos suspensivos de Román pesaron más que la información, cierta, de Mamadou y Mohamed.
Quiero adelantar las expectativas y el titular. Cuando preguntamos a nuestros chicos qué creían que pasaría, tanto Mohamed como Mamadou se mostraron optimistas: No habría problemas, los tratarían como a cualquier ciudadano europeo. Ninglas.

Este viernes, las inmobiliarias visitadas disponían de la siguiente oferta:
Para los jóvenes con apariencia de bilbainos, 105 pisos de dos habitaciones y alrededor de 900 €.
Para los negros subsaharianos, 23 pisos de idénticas condiciones.
Para los magrebíes, 22 viviendas como las anteriores.

Nuestros chicos africanos pierden por 22/23 a 105.

O sea, si no se es lo suficientemente blanco como para usar tiritas blancas, la oferta de vivienda se reduce al 20,95% para un magrebí por el hecho de aparentarlo y a un 21,9% por el hecho de tener la piel negra. Y ese joven varón con pinta de bilbaíno tiene un 477% más de posibilidades de obtener una vivienda en alquiler.

O sea, o las inmobiliarias bilbainas están regentadas por personitas que organizan su oferta en función del aspecto (ligado a la raza) o están regentadas por personitas que se someten a las condiciones racistas de su clientela, los propietarios de casas para alquilar.

Pero, ojo... Para el agente inmobiliario, es tan cliente quien pone su piso en alquiler como quien desea alquilarlo. Es decir, Mamadou, Mohamed y Román no son postulantes, sino clientes. Y, en caso de cerrar el trato, proporcionan a la agencia, a esa personita racista o sumisa al racismo, los mismos ingresos.
¿Por qué ese agente cree que debe servir al propietario en lugar de a quien da sentido al hecho de poseer una propiedad?

Ayer, cuando participé como testigo moral en esta experiencia, no tenía las cosas tan claras como hoy.
Nuestros jóvenes amigos, al comenzar, eran optimistas. Yo quería serlo. Tenía mis reservas.
Como detalle, diré que a Román le escucharon, mientras que a M., en un agencia, le pararon los pies en la misma puerta. Ni asiento tenían para escucharle. A Román le dieron por supuesta la nómina. A M. le propusieron demostrarla. M. y M., como R., son ciudadanos, clientes de inmobiliarias. Pensar que son distintos entre sí, pensar que el dueño del piso es más que ellos es un desatino.

Mamadou se extraña de que yo tenga un solo hijo. Se extraña, también,  de esta sociedad que no aprecia los hijos. "En mi país, tenemos muchos".

Según el test, debe acudir a la última inmobiliaria, a ver qué pasa. En el mismo sitio, a Román, tan bilbaino, le han dicho que tienen un piso, de dos habitaciones y precio accesible. Mamadou viene radiante. Vive en La Casilla, con una familia también guineana: "Me lo han  ofrecido. Ya tengo piso".

-Oye, Mamadou --le digo. ¿Tendrás hijos?
Me hace un gesto con los dedos de la mano: tres.
-¿Y elegirás esposa?
-¿Tienes algo que ofrecerme?

Se va.
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