23 de octubre de 2014

Tuve la gran suerte de que Ramiro Pinilla me enseñara a escribir

Celebramos su 90 cumpleaños en La Venta, ese escenario tan importante en su vida y en sus libros. Acudimos esa veintena de personas del taller literario que se reunía desde principios de los ochenta todos los lunes a eso de las 8 de la tarde.
La de escritores que han pasado por ahí.
Ahora Ramiro se nos ha muerto. Y me asalta, como siempre que muere un amigo, ese oscuro pensamiento de que la muerte es no volver a verle más, no volver a oírle más, no volver a reírnos más.
El 17 de octubre, a eso de las 11 de la mañana, me acerqué a la habitación 450 del hospital de Cruces. Cuando llegué, me encontré una cama deshecha y la otra planchadita y a un señor sentado al lado de la ventana. La puerta estaba abierta. La de malos pensamiento que te asaltan en una de esas.
-¿Está usted solo?
-¿Pregunta por Ramiro? Ha salido a una sala de espera que está por ahí, a la derecha.
El pasillo es largo y está atestado de gente. Si fuera una serie de televisión, pensaría que se han gastado un pastizal en figurantes.
Ya lo veo. Camina muy por delante de mí, apoyado en el hombro de Begoña y con la cachava en la derecha.
-¿Qué?, ¿de fuga? -les digo.

Justo esa mañana había leído el último párrafo de su última novela: 'Cadáveres en la playa'. Tengo muchas cosas que comentarle sobre ella. Begoña, su hija, aprovecha para dejarnos dos minutos. Le viene bien, porque no la ha leído aún. Ella, que ha puesto el punto final de verdad en la máquina de escribir a todas las novelas de su padre, desde que era una chiquilla; y que a veces para que pusiera ese punto final Ramiro debía esperar días.

Me había encontrado días atrás con ella y Rami (su segundo hijo) en Algorta, a la altura del Árbol de Sarrikobaso. CuántotiempoBegoña, cómoestáis, comoestá, cómolosiento, etecé.
-¿Puedo ir a verlo?
-Pues mira -me dice Begoña-, yo creo que sí, porque las veces que ha ido gente, lo he visto mejor.

Ahí me entero de que está en la 450 de Cruces.

Por eso voy el viernes 17.

Un ratito después, salimos de la sala de espera hacia la 450. Llega el que le enseña a hacer ejercicios. Hace que se tumbe sobre el costado izquierdo, le dice cómo debe levantar la mano, cómo respirar... Cuando se va, Ramiro le dice: "Me han dicho que el miércoles iré al cielo".
-No creo que sea para tanto.
-Quiere decir que volverá a su casa -le atajo.

Al de nada llega el que hace la cama:
-¿Qué, Ramiro, esta experiencia le servirá para alguna novela?
-No creo, es triste. El miércoles ya podré dar de comer a mis gatos.

Está feliz de poder volver a casa.

 Son ya las 11:45 y llega María Bengoa. Begoña se cambia de calzado y acude a sus tareas.
Nada más aparecer María, le dice que se ha dado cuenta de que tiene que comer, porque así lo soltarán antes. Usa el verbo soltar, que me resulta familiar. Yo también lo uso en ese contexto. Ahora me pregunto si lo aprendería de él, aunque no me acuerde.

Aprendí tantas cosas con él. Un día me sorprendí a mí misma diciendo a mis alumnos las cosas que nos decía Ramiro. Ese día me di cuenta de lo mucho que me había enseñado, aunque no lo supiera. El siguiente lunes, volví al Taller y a la salida aproveché para decírselo. "Yo también he aprendido cosas de ti", fue su respuesta. ¡¡¡¡Se puede ser más humilde!!!!
Quería contar aquí todos esos recuerdos que acuden a borbotones a la cabeza, que vienen uno tras otro como cogidos de la mano, que pelean por salir para ser contados, pero necesito tiempo y estoy triste, muy triste.
 En una de las dedicatorias me escribió "Con mi cariño escondido de siempre". Qué gran tronco al que agarrarse hoy.
Publicar un comentario