19 de agosto de 2013

Lo sucedido en Piedras Blancas es violencia de género

La noticia nos llegó el sábado: Un vecino de Piedras Blancas mató a su mujer y se suicidó. La puedes leer aquí. Según el relato de los hechos, el marido, José Fernández, de 86 años, acuchilló a su esposa, Isabel Ortega, de 83, mientras dormía. Después, saltó de la azotea.
Es extraño que sepamos los nombres y apellidos de ambos, porque lo más habitual es que esa información no se dé ni se considere de interés recabarla.
El yerno de la pareja había acudido temprano al domicilio para echar una mano y se encontró el cadáver de su suegro en la calle. Ya habían llegado los servicios habituales. Cuando entraron en la casa, encontraron a la mujer muerta con heridas incisocontusas.
Los vecinos están pensando en clausurar el acceso a la azotea, porque hace tres meses otro vecino la había usado también para suicidarse. En este segundo caso, José se ayudó de una banqueta para izarse sobre la repisa. Es inevitable vincular los dos casos.
«Lo hizo por amor, no podía seguir viéndola sufrir», dijo el yerno y así lo recogieron los medios de comunicación. La pregunta es evidente: ¿Cómo un asesinato seguido de suicidio puede ser interpretado en clave de amor? La respuesta no es fácil, pero probablemente tenga que ver con historias de cine y literatura. Es un caso claro de violencia de género, de libro. Hombre que mata a su esposa y después se suicida.
El caso es que no ha sido el único que niega la mayor. Ha habido quien incluso ha asegurado que decir que es violencia de género es "no tener ni puñetera idea" (sic). Y ahí estaban los compañeros de los medios de comunicación para recoger sus palabras y darlas por buenas sin contrastar esa opinión con ninguna otra. Como si se tratara de una cuestión opinable.
Quien ha sido así de contundente es Laureano Caicoya, presidente de la Fundación Alzheimer Asturias y secretario de la Asociación de Familiares de Alzheimer en el Principado. La razón de que su opinión se haya recogido es que Isabel Ortega padecía desde hace 7 años esta enfermedad y era su marido, José, quien estaba al cargo de su cuidado.
Si he dejado este dato para el final es porque en mi opinión distrae mucho, muchísimo, de lo fundamental. Distrae tanto que hace que el yerno describa el asesinato como un caso de amor y que el presidente de la Fundación de enfermos de alzheimer descalifique a quienes lo interpretan como violencia de género. El Principado, sin embargo, ha salido al paso diciendo en un comunicado que "es la primera víctima de machismo en lo que va de año" en Asturias.
Los medios de comunicación no deberían frivolizar con el suicidio, el asesinato y la muerte. Matar no es un acto de amor ni cuando quien lo comete está profundamente desesperado o deprimido. La situación de los enfermos de alzheimer y de sus familias en Asturias será grave, pero no conviene intentar sacar partido de un asesinato, porque puede incitar a otros a seguir el mismo camino.
Es una enfermedad dura porque no da descanso. Los enfermos son grandes dependientes incapaces de afrontar tareas básicas por sí mismos. Los familiares quedan varados en esa desierta playa sin recuerdos que es la mente de quien la sufre. Y se necesita mucho aplomo y apoyo familiar para sobrellevar esa situación. Cuando quien se hace cargo del cuidado es una hija (como en la mayoría de los casos) cuenta con mayor juventud y, a veces, con el apoyo del entorno familiar.
Isabel y José eran ya ancianos y, como es lo normal en parejas de esas edades, probablemente, hasta su enfermedad, fue Isabel quien gobernó la casa y asumió el cuidado propio y de su marido. A los 80 años se hace duro aprender rutinas que nunca se han tenido, pasar de ser objeto pasivo de cuidados a ser el elemento activo y hacerse cargo de multitud de tareas cotidianas.
Y quienes tienen dudas deben preguntarse por qué suele ser él quien mata a la esposa dependiente, o al hijo dependiente, y después se suicida.
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