12 de agosto de 2014

Pérez-Reverte asegura que los maltratadores son de derechas

Hasta hoy, lo mío con Pérez-Reverte era, ¿cómo diría yo?, era inocente, o postureo. En cuanto hablaba de las mujeres y repetía lo de feminazis y caricaturizaba todos los intentos de hacer lenguajes inclusivos, y eso, yo no estaba de acuerdo con él; me parecía que desaprovechaba una tribuna alta, con grandes tiradas y elevado índice de lectura. Si acaso, le reprochaba que no usara esa arma didáctica tan importante para cuestiones de fundamento y, sobre todo, por los derechos humanos. A un tío que ha cubierto tantas guerras se le supone una postura favorable a las víctimas, y se le supone, además, un olfato muy desarrollado para identificar quiénes son las víctimas y quiénes los verdugos. Se les suponen, a todos menos a éste.
Pero hoy leo:
"...está científicamente probado que los maltratadores siempre son de derechas...".
Y ya se me salen las antenas. Ojo, Lucía, terreno pantanoso.
Pero sigo:
"Si en España basta que una señora diga en una comisaría que su marido o su novio la maltratan para que, con sólo su palabra, sin averiguación ni comprobación previa y garantía mínima de veracidad, el fulano pase esa primera noche automáticamente en un calabozo, y mañana ya veremos...".
 Primero, lo que está científicamente probado es que los maltratadores son de izquierdas, de derechas, apolíticos, del Barça, del Athletic, antifútbol, ricos, pobres, pensionistas, de clase media, chinos, guatemaltecos, alemanes, vascos, abogados, analfabetos, borrachos, abstemios, amantes de la ópera... O sea, cualquier cosa.
Segundo, mientras Reverte escribía de género, de palabras, y le salía la bilis, me parecía un desperdicio de espacio, pero hubiera defendido su derecho a decir lo que quiera, a seguir diciendo majaderías. Cada cual es libre de malograr su imagen pública y si él lo desea, yo le apoyo. No habría creado una oenegé, pero si alguien me hubiera preguntado, habría reivindicado su derecho a la libertad de expresión.
Pero ahora ha sobrepasado la línea. El maltrato a las mujeres no es un juego. Ahora ya sé hasta dónde llegan su iniquidad y miseria moral. Y llegan mucho más allá de lo que alcanza mi respeto. Lo ha perdido.
Porque...
Si esto no es alinearse con quienes hablan de denuncias falsas, se le parece demasiado.
El artículo completo, aquí.

11 de agosto de 2014

Lo fundamental, en el titular

Y para entender la información, es imprescindible escribir entre paréntesis que es la "nueva novia de...". (Para ampliar, pincha sobre la foto).
La información completa, aquí. Cualquiera de un tropezón mete la pata en un hoyo.

2 de agosto de 2014

La misión del periodista es...


"Tu misión como periodista consiste en cuestionarlo y examinarlo todo con sentido crítico, no en repetir lo primero que alguien te diga, por muy bien situado que esté en la administración del Estado. Que no se te olvide nunca".
Erika Berger en LARSSON, Stieg, 'La reina en el palacio de las corrientes de aire. Millennium 3'. Ed. Círculo de lectores, Barcelona, 2009. Pág. 299

22 de junio de 2014

Si se baja la guardia, se sube la mano

Probablemente carece de importancia, pero me ha llamado la atención. El resumen de prensa sobre violencia de género recogía las declaraciones de Besteiro como ves en la imagen superior (para agrandarla, pincha sobre ella).
La frase es un mezcla de 'bajar la guardia' (Descuidar la vigilancia) y 'levantar la mano' (amenazar). Es decir, la primera locución es eso que como sociedad debemos hacer, vigilar para que el maltratador no levante la mano a su víctima. No sabremos por qué Besteiro da ese patinazo y por qué el periodista selecciona esa frase para el titular a no ser que se lo preguntemos.
Pero es evidente que a alguien no le gustó y cambió tanto el titular que el enlace llevaba a la nada. Haciendo la búsqueda de otra forma, llegarás a esto. La frase de 'bajar la mano' se encuentra en el texto.

20 de junio de 2014

Cosas que quiero contarte, 3

Quiero contarte una cosa. Quiero confesarte mi complejo étnico.
La semana pasada estuve en Suecia. He aprendido tanto, que te lo iré contando de a poquitos.
Imagina la escena. Entrada a un museo de arte moderno, en Malmö. El de la foto. La entrada es una puerta de dos hojas. Bajo el quicio, conversan media docena de mujeres. Están  distraídas, atentas a su conversación. Creo que festejan algo, porque tienen unas copas de vino o de cerveza. Las cinco están mirando hacía una de ellas, que es precisamente aquella que está más cerca del marco de una de las dos puertas. No entiendo lo que dicen, porque hablan en sueco. Quiero salir. Le doy un toque en el hombro a la que está más a la derecha, porque entre ella y el marco hay un palmo y necesito algo más de espacio. No soy de la talla 38. Ni me mira. Quizá da un sorbo de su vaso. Sigue atenta a lo que dice la de la izquierda.
Son mujeres de una edad parecida a la mía, un poco más bajas, todas ellas rubias. O sea, suecas, o previsiblemente suecas. Le vuelvo a dar un toque en el hombro, esta vez más fuerte, esta vez, casi como golpeando con la aldaba. Saco mi más perfecto castellano: “Tú, sueca, ¿quieres apartarte de una vez, que quiero salir?”. Alargando la i, ya sabes. La sueca es sorda y además tampoco tiene el sentido del tacto a la altura del hombro. Bueno, o quizá lleve hombreras para defenderse. Ni puto caso, oye.
Se me sube un coraje a la cara, se me viene mi vena más macarra y violenta, me digo aquello de ‘¿Para qué te ha dotado la naturaleza democrática de estos codos puntiagudos?’. ‘Úsalos, Lucía, que esta sueca de los cojones no te tome por el pito de un sereno’. Justo en ese instante, Jenny (la periodista sueca que me ha invitado a Malmö a hablar de Pikara) aprovecha la brecha y sale. Yo, tras ella.
Al salir y encontrarme con mis colegas, procedo al desahogo. Soy de barrio: ¿Esa piiiiiiiiiiiiiiiiiiiii sueca, blablabla.
Paro.
¿Tienes alguna explicación para esto?
Te escucho atenta.
El final de la peli lo contaré en un comentario a este post. Yo aluciné, confío en que tú me respaldes.