13 de noviembre de 2014

El día que murió Juan Ramón Jiménez

El 23 de diciembre de 1981 fue miércoles. Era víspera de la gran venta de Navidad en la librería Oroldi, donde yo trabajaba a veces y donde tanto aprendí de literatura con Carmen Castells, aprendí más de leerla que de venderla.
En la librería teníamos una percepción que se certificaba año tras año: Durante todo el mes de diciembre debíamos, según inventario, hacer una determinada caja, en pesetas. A veces, si Nochebuena caía a desmano, la caja la hacíamos durante las muchas vísperas. Si caía en fecha de cobro y sin antelación, podía caernos todo el trabajo de haber previsto qué libros se venderían y con qué papel de regalo en una sola tarde.
Aquel 23 de diciembre fue miércoles. La Nochebuena en jueves es buena, porque Navidad es viernes y aún queda el sábado para los arrepentiemientos previos al día de Reyes.
Vendíamos más en Navidad porque en aquel tiempo el Olentzero era más de libros (detallitos) y los regalos de verdad venían en Reyes. Luego se invirtió la fórmula.
La librería era luminosa, con aquellas lámparas de bajo consumo que caducaban todas al tiempo y aquellas cristaleras tan grandes. Ramiro cogió un librito de la estantería, 'El coronel no tiene quien le escriba', y con esa timidez que se me hace tan familiar...
Un momento.
Ramiro siempre fue un tipo grande, de envergadura y estatura.
Se cogió el librito y se acercó a la mesa que usábamos de caja:
-¿Has leído éste?
Creo que yo estaba sentada, porque tengo la imagen esa de mirar hacia arriba.
-No.
-Cóbramelo..
Y me lo regaló.
Ese mismo día murió Juan Ramón Jiménez y El País publicaba en opinión un artículo de García Márquez.

12 de noviembre de 2014

Una sopa normalita

A principios de los ochenta (o así), abrieron el primer restaurante chino en el pueblo, cerca de la estación de Las Arenas, en los arcos de lo que hoy es la Plaza del Ajedrez. Nuestra precaria economía no era como para andar de restaurantes, pero aquel nos lo podíamos permitir, al menos de vez en cuando.
A veces, quedábamos y nos íbamos para allá. Ramiro siempre pedía lo mismo que había comido el primer día que pisó el local.
Resulto que, al coger la carta, no se decidía por ninguna de las sopas, de modo que le dijo al camarero que le pusiera una sopa normal. Normal, le dijo. ¿Y qué le sirvió el camarero? ¡Sopa de aleta de tiburón!
Hace unos meses, volví al Mandarín después de años. Seguía el mismo camarero. Supongo que a mí también se me notará que han pasado más de 30 años.

10 de noviembre de 2014

Y también hablábamos de cine



'La vida de los otros' se estrenaría en España a primeros de 2007. Estaba paseando por Uri y pasé a saludar a Ramiro. Nos sentamos en el porche, como siempre. Han sido pocas las veces en que hemos conversado dentro.
Hablamos de la película. Él también la había visto.

-Vas al cine pensando que vas a ver una buena película y, cuando sales, has visto una maravilla -me dijo.

9 de noviembre de 2014

En la literatura de Pinilla falta un faro

El 6 de julio me comprometí. Le ofrecí a June Fernández, la directora, una entrevista a Ramiro Pinilla para Pikara Magazine.
Como no me dijo que no, me fui a Walden un atardecer y se lo comenté a Ramiro. Tampoco él me dijo que no. ‘Ya me pasaré’. Como era julio, le pregunté si cabía la posibilidad de que se fuera de vacaciones y no le pillara.
-No hay riesgo –me dijo–, pero llámame antes.
Estábamos en el porche, sentados. Algo tenía en la cabeza, porque le preguntó a Pedro por los faros, por la cadencia de su luz. Nos dijo que desde hace años estaba intentando concebir una trama novelesca de asesinato en la que la luz del faro fuera fundamental.
No estábamos de acuerdo, porque según él, el faro de Getxo es ‘Fussssssssssssssssss, oscuridad, fussssssssssssssssss, oscuridad larga y vuelta a empezar’. Mientras que en mi recuerdo es ‘Fussssssssssssssssss, oscuridad, fussssssssssssssssss, oscuridad, fussssssssssssssssss, oscuridad larga y vuelta a empezar’.
Nos comprometió: Él haría uso, por fin, de ese libro de faros que le regalaron y Pedro vería cómo funcionan los faros.
Y fueron pasando los días. Hasta esa conversación en el hospital antes de que se me muriera.
Cuando llegué aquel 17 de octubre, hablamos sobre todo de su última novela, ‘Cadáveres en la playa’.
-Has metido los faros -le dije.
La conversación quedó ahí.
Cuando estábamos ya en la 450 y antes de irme, me preguntó.
-¿Qué es eso que cuento de faros en la novela?
-Sí –le digo-. Entran en la librería una esposa y su marido preguntando por un libro de faros. Koldobike lo busca y la mujer dice que su marido ha sido marino mercante y que busca un libro de faros porque quiere agradecer a esas luces que lo hayan salvado.
-Koldobike, Koldobike... Sí, tuve que casarla.

Me doy cuenta de que sé de las obras de Ramiro cosas que él ha olvidado. Se lo digo y se ríe.
Esa fue su última risa conmigo.  Y me fui.
Aún la escucho al fondo del pasillo.

2 de noviembre de 2014

El valor de dos vocales en un texto de Pinilla

En diciembre de 1981, Ramiro Pinilla me regaló un ejemplar de '¡Recuerda, oh, recueda!'.
En la dedicatoria escribió: "A Lucía, la imprevisible, con mi cariño escondido de siempre".
Una amiga me lo pidió para leerlo y al devolvérmelo me reprochó insolencia por haber hecho correcciones con rotulador negro en 30 de sus páginas. Se confundía: las correcciones eran del propio Ramiro. Son pequeñas: una letra que sobra aquí, otra que falta allí. A veces, mete unas palabras:

En ésta, cambia dos vocales:
La primera edición, dice:
"Doña Toda Garzea se enderezó unos centímetros con un rumor de carne.
-Te has dejado engañar por el agote. De treinta y nueve hijos me ha quedado el más tonto. Además, en esta familia dan mejor resultado las hembras. Tú tenías que haber sido hembra, como tu madre".

Con la corrección queda así:
"Tú tenías que haber sido hombre, como tu madre".
Una genialidad.
 En 2010, cuando Ramiro me dijo que Tusquets reeditaría el texto, le comenté que yo tenía un ejemplar con correcciones de su puño y letra. No entendía cómo podía habérmelo regalado. "Lo hiciste -le dije- porque me lo dedicaste...". Quiso que se lo dejara para corregirlo y aviesamente le hice fotocopias de las páginas.

Unas semanas después, me aseguró que curiosamente las correcciones que le entregué coincidían con las que ya había hecho.

Este no es el mayor tesoro que guardo de Ramiro, a pesar que ese libro tiene mucho valor para mí. Y lo tiene, pero no por las correcciones, sino por ese cariño escondido que ya asoma en 1981.

'¡Recuerda, oh, recuerda' pertenece al volumen 'Los cuentos', de Tusquets.

26 de octubre de 2014

La ternura de la lucha por la vida

Mil novecientos ochentaitantos. Me cuenta que ha salido a Algorta a comprar una maceta. Me sorprende porque ese tiesto de las escaleras de subida a la casa, a Walden, la vivienda de Ramiro Pinilla, lleva roto mucho, pero mucho tiempo. Los cinco o seis peldaños están flanqueados por un muro también escalonado sobre el que reposa el tiesto.
Esa mañana se ha asomado y ha visto que la planta, un geranio, había echado un nuevo brote por la rendija. Y se ha ido hasta Algorta a comprarlo porque esa lucha decidida por vivir le ha producido ternura.

25 de octubre de 2014

Esa página que Ramiro Pinilla perdió


Es una de las fotos más viejas que tengo con él. Antes éramos replicantes. No nos interesaban las imágenes porque despreciábamos tanto el pasado como el futuro. Así vivíamos en los ochenta. Esta es de finales de esa década, de septiembre de 1989.

Es la imagen para contar una historia. Unos diez años antes, yo era una joven estudiante de Periodismo en la Unidad de Ciencias de la Información, aún dependiente de la Universidad Autónoma de Barcelona. Yo había querido ser periodista o arquitecta. Parecen cosas distintas, pero con los años he aprendido que es lo mismo. Finalmente, se trata de construir: edificios o noticias. Y las noticias requieren que se ponga un ladrillo de verdad sobre otro ladrillo de verdad y sobre otro. Se debe constituir un edificio verdadero y habitable.

Yo quería algo. Había acabado el COU y, una mañana, mamá me dijo que convocaban a una asamblea en Sarriko para establecer los estudios de Periodismo en Bilbao. Si me hubiera dicho que se trataba de Arquitectura, también habría ido.

De aquella asamblea salí casi matriculada en una quimera: estudiar Periodismo en Lejona con profesores contratados por los estudiantes, pero con la matrícula en Barcelona.

Me estoy extendiendo. Quería contar que ya estaba en segundo de carrera y un profesor, cualquiera, me encargó una entrevista.

¿A quién, sino a Ramiro?
La preparé despacio. Le llamé y que sí. Ahora sé lo generoso que fue conmigo porque después, durante años, ya no me dijo que sí a ninguna. “¿Una entrevista? Cuando escriba una novela y tenga algo que contar…”. Y así durante años. Y años. Y años. Ni una entrevista, ni a quienes entrábamos en ese breve inventario de sus amistades.
Para la de la universidad, dividí el cuestionario en 4: Ramiro escritor, Ramiro getxotarra, Ramiro periodista, y una cuarta que no consigo recordar.

Me fui para allá, a Walden, una casa con tejado a dos aguas. En aquel tiempo, antes de hacer la obra, Ramiro escribía en el vértice del tejado, en lo más alto de la casa. La puerta del jardín estaba desvencijada y a veces se veía un cartel del que hablaré otro día.
Él estaba escribiendo y vio que llegaba. Era un día de calor y muy ventoso, mucho. Abrió el ventanuco para saludarme y con la palma de la mano me dijo que bajaba. Yo me adentré en el jardín, que era una selva, hasta la puerta de entrada a la casa.
Esa ventana quedaba justo frente a la mesa en la que él escribía sobre papeles reciclados. En aquella época, sobre el envés de los carteles del Partido Comunista cortados en cuartos. Bajó las escaleras y, al abrir la puerta de entrada de su casa, los 12, 13, 14 o 15 papeles en los que había estado escribiendo esa semana y la anterior salieron despedidos por el ventanuco a las huertas de los vecinos. Era un viento sur feroz.
Salimos corriendo tras los papeles por un campo de yerbajos altos, hasta nuestras rodillas, secos por el calor. Atrapamos casi todos. Ramiro se quejaba: “Con lo que me cuesta escribirlos, con lo que me cuesta escribirlos…”.

El otro viernes, 17 de octubre en la 450 de Cruces, cuando volvimos a recordarlo, me dijo que la pérdida no fue mucha, que solo voló definitivamente uno de los papeles. Voló una historia. Una.

Ahora, que han pasado no menos de 35 años, sé lo que cuesta reescribir un texto cuando lo has perdido. En el primer intento, deseas reescribir lo mismo. Después, renuncias e intentas una versión al menos tan veraz. Hoy sé que eso es imposible, porque a cualquiera se le ha ido la luz cuado estaba frente al ordenador. Esas caídas del sistema provocan llantos.

A veces he creído que lo perdido era mejor que lo recordado. Pero… imagina que ese papel que perdió Ramiro con mi entrevista es precisamente el texto que reescribió y después te ha encandilado.

Creo que con tiempo podría recordar el olor de la yerba en la que se perdió esa página.

Esta anécdota la recordaba ayer, con las lagunas de quien en lugar de vivirla la ha oído, Unai Elorriaga en el texto que publicó en El Correo.

Una cosa: la última entrevista, la última de verdad, ya me la había concedido. Lo hablé con él en julio. Quería esa entrevista para Pikara Magazine, me dijo que sí. En la 450 de Cruces se lo recordé y no se retractó. ¿Sabría ya que no sería posible?, ¿que se me moriría antes?

24 de octubre de 2014

La teoría del encuentro inevitable

Un día me lo encontré camino de la estación. Me dijo que tenía una teoría: En el trayecto de su casa al tren, siempre se encontraba con una persona, siempre distinta. A veces esa persona estaba a dos metros de su casa, a veces en el túnel de la estación. Pero no fallaba. ¿Por qué era tan consciente de ello? Porque a Ramiro nunca le ha gustado pararse a hablar con la gente.
Otro día hablamos de la faena que había sido para los vecinos que quitaran la vieja estación del metro y la trasladaran a Bidezabal. "¡Son 700 pasos más!", me dijo. Un personaje de sus novelas policíacas hace mapas contando pasos.
La guardabarreras de aquella vieja estación era Angelita. Su hija vino la primera vez que hicimos la ruta literaria por el Getxo de Ramiro. Se sorprendió de que a él le gustara mucho la coca cola.
La foto no es muy bonita, pero es la última que tengo con él. La hizo Clara Fraile cuando nos reunimos el 27 de junio a cenar en Usategi. Antes, hubo paseo por Arrigunaga. Ese día yo había llevado pulseras de las que las niñas hacen con gomitas. Me sorprendió que se guardara una.


23 de octubre de 2014

Tuve la gran suerte de que Ramiro Pinilla me enseñara a escribir

Celebramos su 90 cumpleaños en La Venta, ese escenario tan importante en su vida y en sus libros. Acudimos esa veintena de personas del taller literario que se reunía desde principios de los ochenta todos los lunes a eso de las 8 de la tarde.
La de escritores que han pasado por ahí.
Ahora Ramiro se nos ha muerto. Y me asalta, como siempre que muere un amigo, ese oscuro pensamiento de que la muerte es no volver a verle más, no volver a oírle más, no volver a reírnos más.
El 17 de octubre, a eso de las 11 de la mañana, me acerqué a la habitación 450 del hospital de Cruces. Cuando llegué, me encontré una cama deshecha y la otra planchadita y a un señor sentado al lado de la ventana. La puerta estaba abierta. La de malos pensamiento que te asaltan en una de esas.
-¿Está usted solo?
-¿Pregunta por Ramiro? Ha salido a una sala de espera que está por ahí, a la derecha.
El pasillo es largo y está atestado de gente. Si fuera una serie de televisión, pensaría que se han gastado un pastizal en figurantes.
Ya lo veo. Camina muy por delante de mí, apoyado en el hombro de Begoña y con la cachava en la derecha.
-¿Qué?, ¿de fuga? -les digo.

Justo esa mañana había leído el último párrafo de su última novela: 'Cadáveres en la playa'. Tengo muchas cosas que comentarle sobre ella. Begoña, su hija, aprovecha para dejarnos dos minutos. Le viene bien, porque no la ha leído aún. Ella, que ha puesto el punto final de verdad en la máquina de escribir a todas las novelas de su padre, desde que era una chiquilla; y que a veces para que pusiera ese punto final Ramiro debía esperar días.

Me había encontrado días atrás con ella y Rami (su segundo hijo) en Algorta, a la altura del Árbol de Sarrikobaso. CuántotiempoBegoña, cómoestáis, comoestá, cómolosiento, etecé.
-¿Puedo ir a verlo?
-Pues mira -me dice Begoña-, yo creo que sí, porque las veces que ha ido gente, lo he visto mejor.

Ahí me entero de que está en la 450 de Cruces.

Por eso voy el viernes 17.

Un ratito después, salimos de la sala de espera hacia la 450. Llega el que le enseña a hacer ejercicios. Hace que se tumbe sobre el costado izquierdo, le dice cómo debe levantar la mano, cómo respirar... Cuando se va, Ramiro le dice: "Me han dicho que el miércoles iré al cielo".
-No creo que sea para tanto.
-Quiere decir que volverá a su casa -le atajo.

Al de nada llega el que hace la cama:
-¿Qué, Ramiro, esta experiencia le servirá para alguna novela?
-No creo, es triste. El miércoles ya podré dar de comer a mis gatos.

Está feliz de poder volver a casa.

 Son ya las 11:45 y llega María Bengoa. Begoña se cambia de calzado y acude a sus tareas.
Nada más aparecer María, le dice que se ha dado cuenta de que tiene que comer, porque así lo soltarán antes. Usa el verbo soltar, que me resulta familiar. Yo también lo uso en ese contexto. Ahora me pregunto si lo aprendería de él, aunque no me acuerde.

Aprendí tantas cosas con él. Un día me sorprendí a mí misma diciendo a mis alumnos las cosas que nos decía Ramiro. Ese día me di cuenta de lo mucho que me había enseñado, aunque no lo supiera. El siguiente lunes, volví al Taller y a la salida aproveché para decírselo. "Yo también he aprendido cosas de ti", fue su respuesta. ¡¡¡¡Se puede ser más humilde!!!!
Quería contar aquí todos esos recuerdos que acuden a borbotones a la cabeza, que vienen uno tras otro como cogidos de la mano, que pelean por salir para ser contados, pero necesito tiempo y estoy triste, muy triste.
 En una de las dedicatorias me escribió "Con mi cariño escondido de siempre". Qué gran tronco al que agarrarse hoy.

21 de octubre de 2014

En la fábrica de euskaldunes no hay ni una sola mujer

Este anuncio de un euskaltegi (centro de enseñanza de euskera para adultos) de Bilbao está en las estaciones del Metro. Llama la atención el eslogan: "Haciendo euskaldunes desde 1975... y cada vez nos salen mejor. ¡Matricúlate ya!".
Interpretemos que lo de 'hacer euskaldunes' es una metáfora, aunque suscite muchas interrogantes.
Lo que resulta sorprendente es que en el proceso de fabricación de euskaldunes no hay ni una sola mujer. Muchachos del euskaltegi, para la fabricación de personas (también llamada gestación) sigue siendo absolutamente indispensable que haya al menos una mujer.
No tengo intención alguna de comentar cómo es posible que uno de los fabricantes esté con un martillo a la altura de la cabeza del proyecto de euskaldun.