6 de diciembre de 2014

Las diferencias entre las y los

Como sabes, Google funciona de forma que, cuando estás haciendo una búsqueda, a medida que vas escribiendo, te hace sugerencias.

Hoy he escrito 'las periodistas' y me he dejado llevar. No había acabado de escribir la palabra, cuando  me ha proporcionado estas sugerencias:
 Esas propuestas son una selección de las búsquedas más habituales. Digamos que Google tiende a pensar que los seres humanos somos muy parecidos y que lo que interesa a muchísimas personas puede también interesarnos. Y nos propone la búsqueda más habitual.
Por lo que parece, cuando ciertos ciudadanos buscan información sobre periodistas (mujeres), lo que más les interesa es su belleza; en general, españolas, del mundo y de información deportiva, en ese orden.

Entonces, me he pregutado qué pasaría si usaba el masculino. 
Y, por una vez, he tenido la impresión de que ser mujer y periodista y no sentirse incluida en el masculino genérico no era tan desfavorable como ser hombre. Mira:

27 de noviembre de 2014

¿Que no es feminista? Ok ¿Que no es machista? ¿¡!?

En el  XLSemanal de 9 de noviembre entrevistaron a Selu Figuereo, el de El Barrio. Te dejo la entrevista. Puedes leerla entera aquí. Marco algunas cosas que me llaman la atención.


XLSemanal. Si le digo «buenos días, Barrio» queda muy raro, ¿no?
El Barrio. Rarísimo, sí [sonríe]; mejor llámame Selu.
XL. ¡Vale! Hijo de levante, pero de Cádiz por encima de todo.
E.B. Es normal: por el Estrecho nos entra un viento de levante africano, caliente y marinero, que nos pone contentos.
XL. Tres años sin sacar disco, ¿qué ha hecho en todo este tiempo?
E.B. Componerlo, grabarlo y ser padre. Tengo dos niñas muy chiquititas: una de tres años y la otra de once meses.
XL. Está bien que un hombre aparque su trabajo para ejercer la paternidad.
E.B. No sé. Muchas veces es mejor estar cantando que con las niñas, del coñazo que te dan [ríe].
XL. ¿Ha acabado hasta las narices?
E.B. Totalmente [risas]. Sacar disco es un descanso. Las dos son levante total.
XL. Supongo que, ahora, tendrá más amor que desamor.
E.B. Claro. El amor de mi mujer y mis hijas. A esta edad, eso de que te dejen plantao a cada momento ya no me pasa.
XL. Una de sus canciones denuncia el maltrato.
E.B. 'Donde se esconde el miedo' es un tema sobre la violencia de género porque me preocupa, por ambos lados. No soy ni feminista ni machista.
XL. Pero no va a comparar el maltrato a la mujer con el que recibe el hombre.
E.B. No, pero están muy mal los dos. Si no quieres a alguien, déjalo: aún podéis llegar a ser amigos. Un adiós a tiempo es más bonito que un sin adiós.
XL. En otra canción habla del quinto mandamiento: no matarás, pero, más que el quinto, nos falla el séptimo...
E.B. ¡Hostia! A ese falta toda España. Aquí ha robado todo el que ha podido.
XL. «Todo lo que tengo me lo he ganado a pulso». ¿Tiene mucho?
E.B. Lo que me hace falta para vivir: la nevera llena. Lo que no tengo es para gastar en un bingo. Soy ahorrativo y miro el día de mañana.
XL. Por cierto, cada año saca un modelo de sombrero nuevo.
E.B. Sí, he logrado que una sombrerería catalana me regale dos cada año.
XL. Con sombrero, ¿se siente más Chaplin, Bogart o Indiana?
E.B. Más Bogart, sin duda; me siento más gánster que aventurero o cómico.
XL. Sus fans se tatúan su cara, ¡ya son ganas!
E.B. [Risas]. Sí; no soy agraciado de cara, y tenerme tatuado para toda la vida...
XL. ¿La cara de quién se tatuaría Selu?
E.B. La de Cristo. Soy muy creyente.

¿Te imaginas que una madre dice en público que los hijos son un coñazo y que ha acabado hasta las narices?



Como asegura que "no es machista ni feminista", miedo me da asomarme a la letra de 'Donde se esconde el miedo'. Te la dejo:

24 de noviembre de 2014

Soy una "maestrilla" de periodismo

La semana pasada inicié en mi muro de Facebook esta conversación sobre la portada de El Correo publicada al día siguiente de que Koldo Losada apareciera muerto violentamente en su casa. En muchos momentos, fue agria, pero no es eso lo que quiero traer ahora.
Inmediatamente después de su última intervención, A. de las H. compartió foto y comentarios en su muro y escribió: "Para que os hagáis unas risas con estas maestrillas de periodismo".
Una de esas "maestrillas" era yo.

13 de noviembre de 2014

El día que murió Juan Ramón Jiménez

El 23 de diciembre de 1981 fue miércoles. Era víspera de la gran venta de Navidad en la librería Oroldi, donde yo trabajaba a veces y donde tanto aprendí de literatura con Carmen Castells, aprendí más de leerla que de venderla.
En la librería teníamos una percepción que se certificaba año tras año: Durante todo el mes de diciembre debíamos, según inventario, hacer una determinada caja, en pesetas. A veces, si Nochebuena caía a desmano, la caja la hacíamos durante las muchas vísperas. Si caía en fecha de cobro y sin antelación, podía caernos todo el trabajo de haber previsto qué libros se venderían y con qué papel de regalo en una sola tarde.
Aquel 23 de diciembre fue miércoles. La Nochebuena en jueves es buena, porque Navidad es viernes y aún queda el sábado para los arrepentiemientos previos al día de Reyes.
Vendíamos más en Navidad porque en aquel tiempo el Olentzero era más de libros (detallitos) y los regalos de verdad venían en Reyes. Luego se invirtió la fórmula.
La librería era luminosa, con aquellas lámparas de bajo consumo que caducaban todas al tiempo y aquellas cristaleras tan grandes. Ramiro cogió un librito de la estantería, 'El coronel no tiene quien le escriba', y con esa timidez que se me hace tan familiar...
Un momento.
Ramiro siempre fue un tipo grande, de envergadura y estatura.
Se cogió el librito y se acercó a la mesa que usábamos de caja:
-¿Has leído éste?
Creo que yo estaba sentada, porque tengo la imagen esa de mirar hacia arriba.
-No.
-Cóbramelo..
Y me lo regaló.
Ese mismo día murió Juan Ramón Jiménez y El País publicaba en opinión un artículo de García Márquez.

12 de noviembre de 2014

Una sopa normalita

A principios de los ochenta (o así), abrieron el primer restaurante chino en el pueblo, cerca de la estación de Las Arenas, en los arcos de lo que hoy es la Plaza del Ajedrez. Nuestra precaria economía no era como para andar de restaurantes, pero aquel nos lo podíamos permitir, al menos de vez en cuando.
A veces, quedábamos y nos íbamos para allá. Ramiro siempre pedía lo mismo que había comido el primer día que pisó el local.
Resulto que, al coger la carta, no se decidía por ninguna de las sopas, de modo que le dijo al camarero que le pusiera una sopa normal. Normal, le dijo. ¿Y qué le sirvió el camarero? ¡Sopa de aleta de tiburón!
Hace unos meses, volví al Mandarín después de años. Seguía el mismo camarero. Supongo que a mí también se me notará que han pasado más de 30 años.

10 de noviembre de 2014

Y también hablábamos de cine



'La vida de los otros' se estrenaría en España a primeros de 2007. Estaba paseando por Uri y pasé a saludar a Ramiro. Nos sentamos en el porche, como siempre. Han sido pocas las veces en que hemos conversado dentro.
Hablamos de la película. Él también la había visto.

-Vas al cine pensando que vas a ver una buena película y, cuando sales, has visto una maravilla -me dijo.

9 de noviembre de 2014

En la literatura de Pinilla falta un faro

El 6 de julio me comprometí. Le ofrecí a June Fernández, la directora, una entrevista a Ramiro Pinilla para Pikara Magazine.
Como no me dijo que no, me fui a Walden un atardecer y se lo comenté a Ramiro. Tampoco él me dijo que no. ‘Ya me pasaré’. Como era julio, le pregunté si cabía la posibilidad de que se fuera de vacaciones y no le pillara.
-No hay riesgo –me dijo–, pero llámame antes.
Estábamos en el porche, sentados. Algo tenía en la cabeza, porque le preguntó a Pedro por los faros, por la cadencia de su luz. Nos dijo que desde hace años estaba intentando concebir una trama novelesca de asesinato en la que la luz del faro fuera fundamental.
No estábamos de acuerdo, porque según él, el faro de Getxo es ‘Fussssssssssssssssss, oscuridad, fussssssssssssssssss, oscuridad larga y vuelta a empezar’. Mientras que en mi recuerdo es ‘Fussssssssssssssssss, oscuridad, fussssssssssssssssss, oscuridad, fussssssssssssssssss, oscuridad larga y vuelta a empezar’.
Nos comprometió: Él haría uso, por fin, de ese libro de faros que le regalaron y Pedro vería cómo funcionan los faros.
Y fueron pasando los días. Hasta esa conversación en el hospital antes de que se me muriera.
Cuando llegué aquel 17 de octubre, hablamos sobre todo de su última novela, ‘Cadáveres en la playa’.
-Has metido los faros -le dije.
La conversación quedó ahí.
Cuando estábamos ya en la 450 y antes de irme, me preguntó.
-¿Qué es eso que cuento de faros en la novela?
-Sí –le digo-. Entran en la librería una esposa y su marido preguntando por un libro de faros. Koldobike lo busca y la mujer dice que su marido ha sido marino mercante y que busca un libro de faros porque quiere agradecer a esas luces que lo hayan salvado.
-Koldobike, Koldobike... Sí, tuve que casarla.

Me doy cuenta de que sé de las obras de Ramiro cosas que él ha olvidado. Se lo digo y se ríe.
Esa fue su última risa conmigo.  Y me fui.
Aún la escucho al fondo del pasillo.

2 de noviembre de 2014

El valor de dos vocales en un texto de Pinilla

En diciembre de 1981, Ramiro Pinilla me regaló un ejemplar de '¡Recuerda, oh, recueda!'.
En la dedicatoria escribió: "A Lucía, la imprevisible, con mi cariño escondido de siempre".
Una amiga me lo pidió para leerlo y al devolvérmelo me reprochó insolencia por haber hecho correcciones con rotulador negro en 30 de sus páginas. Se confundía: las correcciones eran del propio Ramiro. Son pequeñas: una letra que sobra aquí, otra que falta allí. A veces, mete unas palabras:

En ésta, cambia dos vocales:
La primera edición, dice:
"Doña Toda Garzea se enderezó unos centímetros con un rumor de carne.
-Te has dejado engañar por el agote. De treinta y nueve hijos me ha quedado el más tonto. Además, en esta familia dan mejor resultado las hembras. Tú tenías que haber sido hembra, como tu madre".

Con la corrección queda así:
"Tú tenías que haber sido hombre, como tu madre".
Una genialidad.
 En 2010, cuando Ramiro me dijo que Tusquets reeditaría el texto, le comenté que yo tenía un ejemplar con correcciones de su puño y letra. No entendía cómo podía habérmelo regalado. "Lo hiciste -le dije- porque me lo dedicaste...". Quiso que se lo dejara para corregirlo y aviesamente le hice fotocopias de las páginas.

Unas semanas después, me aseguró que curiosamente las correcciones que le entregué coincidían con las que ya había hecho.

Este no es el mayor tesoro que guardo de Ramiro, a pesar que ese libro tiene mucho valor para mí. Y lo tiene, pero no por las correcciones, sino por ese cariño escondido que ya asoma en 1981.

'¡Recuerda, oh, recuerda' pertenece al volumen 'Los cuentos', de Tusquets.

26 de octubre de 2014

La ternura de la lucha por la vida

Mil novecientos ochentaitantos. Me cuenta que ha salido a Algorta a comprar una maceta. Me sorprende porque ese tiesto de las escaleras de subida a la casa, a Walden, la vivienda de Ramiro Pinilla, lleva roto mucho, pero mucho tiempo. Los cinco o seis peldaños están flanqueados por un muro también escalonado sobre el que reposa el tiesto.
Esa mañana se ha asomado y ha visto que la planta, un geranio, había echado un nuevo brote por la rendija. Y se ha ido hasta Algorta a comprarlo porque esa lucha decidida por vivir le ha producido ternura.

25 de octubre de 2014

Esa página que Ramiro Pinilla perdió


Es una de las fotos más viejas que tengo con él. Antes éramos replicantes. No nos interesaban las imágenes porque despreciábamos tanto el pasado como el futuro. Así vivíamos en los ochenta. Esta es de finales de esa década, de septiembre de 1989.

Es la imagen para contar una historia. Unos diez años antes, yo era una joven estudiante de Periodismo en la Unidad de Ciencias de la Información, aún dependiente de la Universidad Autónoma de Barcelona. Yo había querido ser periodista o arquitecta. Parecen cosas distintas, pero con los años he aprendido que es lo mismo. Finalmente, se trata de construir: edificios o noticias. Y las noticias requieren que se ponga un ladrillo de verdad sobre otro ladrillo de verdad y sobre otro. Se debe constituir un edificio verdadero y habitable.

Yo quería algo. Había acabado el COU y, una mañana, mamá me dijo que convocaban a una asamblea en Sarriko para establecer los estudios de Periodismo en Bilbao. Si me hubiera dicho que se trataba de Arquitectura, también habría ido.

De aquella asamblea salí casi matriculada en una quimera: estudiar Periodismo en Lejona con profesores contratados por los estudiantes, pero con la matrícula en Barcelona.

Me estoy extendiendo. Quería contar que ya estaba en segundo de carrera y un profesor, cualquiera, me encargó una entrevista.

¿A quién, sino a Ramiro?
La preparé despacio. Le llamé y que sí. Ahora sé lo generoso que fue conmigo porque después, durante años, ya no me dijo que sí a ninguna. “¿Una entrevista? Cuando escriba una novela y tenga algo que contar…”. Y así durante años. Y años. Y años. Ni una entrevista, ni a quienes entrábamos en ese breve inventario de sus amistades.
Para la de la universidad, dividí el cuestionario en 4: Ramiro escritor, Ramiro getxotarra, Ramiro periodista, y una cuarta que no consigo recordar.

Me fui para allá, a Walden, una casa con tejado a dos aguas. En aquel tiempo, antes de hacer la obra, Ramiro escribía en el vértice del tejado, en lo más alto de la casa. La puerta del jardín estaba desvencijada y a veces se veía un cartel del que hablaré otro día.
Él estaba escribiendo y vio que llegaba. Era un día de calor y muy ventoso, mucho. Abrió el ventanuco para saludarme y con la palma de la mano me dijo que bajaba. Yo me adentré en el jardín, que era una selva, hasta la puerta de entrada a la casa.
Esa ventana quedaba justo frente a la mesa en la que él escribía sobre papeles reciclados. En aquella época, sobre el envés de los carteles del Partido Comunista cortados en cuartos. Bajó las escaleras y, al abrir la puerta de entrada de su casa, los 12, 13, 14 o 15 papeles en los que había estado escribiendo esa semana y la anterior salieron despedidos por el ventanuco a las huertas de los vecinos. Era un viento sur feroz.
Salimos corriendo tras los papeles por un campo de yerbajos altos, hasta nuestras rodillas, secos por el calor. Atrapamos casi todos. Ramiro se quejaba: “Con lo que me cuesta escribirlos, con lo que me cuesta escribirlos…”.

El otro viernes, 17 de octubre en la 450 de Cruces, cuando volvimos a recordarlo, me dijo que la pérdida no fue mucha, que solo voló definitivamente uno de los papeles. Voló una historia. Una.

Ahora, que han pasado no menos de 35 años, sé lo que cuesta reescribir un texto cuando lo has perdido. En el primer intento, deseas reescribir lo mismo. Después, renuncias e intentas una versión al menos tan veraz. Hoy sé que eso es imposible, porque a cualquiera se le ha ido la luz cuado estaba frente al ordenador. Esas caídas del sistema provocan llantos.

A veces he creído que lo perdido era mejor que lo recordado. Pero… imagina que ese papel que perdió Ramiro con mi entrevista es precisamente el texto que reescribió y después te ha encandilado.

Creo que con tiempo podría recordar el olor de la yerba en la que se perdió esa página.

Esta anécdota la recordaba ayer, con las lagunas de quien en lugar de vivirla la ha oído, Unai Elorriaga en el texto que publicó en El Correo.

Una cosa: la última entrevista, la última de verdad, ya me la había concedido. Lo hablé con él en julio. Quería esa entrevista para Pikara Magazine, me dijo que sí. En la 450 de Cruces se lo recordé y no se retractó. ¿Sabría ya que no sería posible?, ¿que se me moriría antes?