20 de mayo de 2015

Cuando venía el peladurero

Cuando éramos pequeñas, la basura era completamente distinta. Aquello sí que era basura bien organizada.
A la tienda se iba con la bolsa o con el carro; apenas había envoltorios de plástico y los papeles de envolver se usaban para encender el fuego de la cocina económica; las botellas de gaseosa Gorbea y de cerveza, se devolvían; el vino se compraba en garrafas de cinco litros; los huevos los traíamos de la granja de Águeda en la huevera de plástico –la nuestra era azul–.
Además, tirar comida era pecado. Se aprovechaba todo: la parte fea de las verduras para caldo o puré; la cabeza del pescado y los huesos, también para caldo; la carne del cocido para empanadillas, croquetas o para la salsa de tomate; el pan duro para hacer sopa; si sobraban alubias o lentejas, se hacía puré; si la leche se cortaba, nos peleábamos por el requesón; la nata de hervirla se usaba como postre o para hacer bizcochos; el vino picado se conservaba y, cuando se avinagraba, aliño para las ensaladas; en algunas casas se hacía jabón; las cenizas del fuego se usaban para poner en los bordes de la huerta y evitar que entraran los caracoles y limacos; las borras del café y la achicoria para las plantas; la fruta se comía sin pelar, porque ahí estaban las vitaminas.
Solo se tiraba lo que no servía ni podía servir en el futuro para nada. La basura se dejaba en el balcón, en un balde de cinc, y cuando venía el basurero bajábamos los 58 escalones a toda velocidad a vaciarlo en el propio camión. Dos o tres días a la semana, al atardecer, venía el peladurero. Era un aldeano alto, no mucho mayor que mis padres, delgado, con pantalón azul de mahón, txapela, la camisa blanca abrochada hasta el último botón y abolsada en la cintura… Creo que su caserío estaba en la vega. Tenía cerdos y venía por las casas a recoger los restos orgánicos que le guardaban las madres; de puerta en puerta con un bidón metálico que cargaba en el carro. En verano, si se retrasaba, las mujeres le regañaban porque la basura olía. Pero le esperaban. No nos mandaban con ello cuando llegaba el camión de la basura.
Las lecheras también venían en carro, andando a la par del animal. El peladurero venía con prisa. Cuando cargaba los bidones del barrio, se subía de un salto al carro, arreaba con las riendas a la mula y, todavía de pie, salía pitando.
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