1 de octubre de 2010

Barrera, invitado en la sala

Yo no sé cómo llamarlo. Bueno, sí, Barrera. Es Juan Larzabal/Jarvier F. Barrera, un periodista donostiarra y, desde 1991, granadino. El año pasado, en noviembre, me lo encontré en Melilla. Él había ido a dar un curso; yo, al jurado de esto. Habíamos tropezado unas semanas antes aquí. Y ambos creíamos que no nos conocíamos. Después de mucho hablar, resultó que habíamos hecho el máster de periodismo el mismo año, 1990-91.
Allí le pedí que escribiera algo para mi 'Sala de invitados'. Me lo entregó hace unas semanas. Lo he guardado para que no pasara desapercibido en la vorágine del verano.
Barrera es un periodista no sé si feliz, pero sí que se reivindica a sí mismo y a sus compañeros de profesión, reivindica su profesión, su formación. Le gusta hablar de las cosas que están bien hechas, le gusta hacer las cosas bien y disfrutar de ellas. Y todo eso se puede ver en su blog, Periodismo al pil pil.

Esto es lo que nos deja escrito en la sala de invitados:


Los habitantes de mi biblioteca


Mi Biblioteca es mi vida. Quien haya estado en ella conmigo sabrá de qué hablo. Tengo 45 años y es una habitación rodeada de libros por todas partes. Y como cualquier ente, cosa o proporción completamente rodeada por algo y además por todas partes es una isla, mi Biblioteca es mi isla pero no está desierta. Está más que habitada por sus propios inquilinos.
Tiene apuntes de la carrera en Lejona, en la UPV. Guardo especialmente con cariño los de TGI de Mingolarra, que ahora que no estoy en Euskal Herria debería explicar que era una asignatura de segundo de carrera que se llamaba Teoría General de la Información, cuyo profesor era un ingeniero por nombre José Antonio Mingolarra y que allí nos descubrieron a Mac Luhan y a compañía. Era un poco de luz y lisergia en aquellos grises ochenta de lluvia, plomo y balas. Pero también de juventud y de esperanza.
Tengo también recuerdos. Desde miniaturas del monstruo del lago Ness hasta calendarios aztecas, una reproducción de la piedra de Rosseta, que es un icono comunicactivo por excelencia y una botella prácticamente vacía de Jack Daniel’s, para que me recuerde de todas las que me he librado.
Tengo una colección completa de cómics, que incluye ediciones enteras de varias revistas que no revelaré y colecciones fantásticas. Un día los medí y quiero recordar que son 35 metros de tebeos todos seguidos. Una orgía de tinta y narrativa buena que te enseña a contar historias; ergo, a ser periodista.
Mi colección de elepés, siempre presidida por el mítico Black and Blue de los Stones, que si te fijas bien se ve en mi avatar de Twitter y más redes sociales. Últimamente ando dudando de si es mejor el Black and Blue o el Exile on Main Street. Y hay mucho, o todo, de los Clash.
Quiero recordar que están por ahí puestos los diplomas, títulos y certificados de los premios de Periodismo que he ganado en los últimos años, antes de los diversos ataques de envidia que padecí y que me dejaron silente.
Está enmarcada en madera clara la foto del desayuno de mi familia, un día de verano y sol en San Sebastián de madrugados los años setenta, que cada vez que la miro me hace recordar la futilidad de la vida, del espasmo que es el cosmos y de lo feliz que fui cuando era un niño amado y querido. Y que me hace darme cuenta de que la eternidad es ese momento, y reproducirlo. Es una lástima, pero decididamente no tengo fe, no la encuentro, y así me va, desesperado.
Tengo las piedras. Soy vasco. Una me la regaló Paco Crespo y está firmada por el gran Perurena. La segunda es un regalo de mi hermano Enrique a mi hijo, Andrés, que tiene su peso y la fecha de su nacimiento. Están junticas, una más grande, la otra más chica, y son un perfecto símbolo del padre y del hijo.
Hay habitantes que no han encontrado sitio y otros que lo están buscando. Está el rótulo del Saney Guruji Hostel de Londres en el 86, sito en Holland Villas Road, que mis tres compañeros de la Ten Room arrancaron a patadas hinchados de cans of beer en el día de mi despedida (Pete, de Nueva Zelanda, Connard de Cork, Irlanda y Leonard, un carnicero australiano) Siempre los querré y los recuerdo cantando esta canción, Somebody, de Brian Adams.
Hay tantas cosas.... es un resumen de toda mi vida.... Hay mariposas gigantes (Pinpilipauxas... cómo puede nadie decir que el vasco no es todo poesía) que son lámparas y hay caracolas para volver a escribir ‘El señor de las moscas’, un libro tan poco valorado que pese al premio Nobel y a todo un capítulo de los Simpsons es mejor que siga ahí, asustando los demonios que todos llevamos dentro.
Está la caja de caoba que me regaló mi abuela, con la chapa de plata con mis iniciales y la llave, que perdí y maldigo el día. Dentro está el resumen de mi biblioteca, que es mi vida, así que decididamente es otra historia.
Por supuesto, tengo unos cuantos montones de buenos libros. Muchos de Periodismo, aunque creo que todos lo son, ya que de todos ellos saqué una idea, palabra o ilusión para sobrevivir, escribir o explicar.
Voy a hablaros de tres de ellos, de tres de los habitantes de estas baldas, anaqueles, estanterías. Porque estos tres libros tienen una conexión mágica con mi vida, con mi Biblioteca, con el Periodismo y con algo más, quizá. Y solo quizá. Bucearé entonces mis recuerdos y seguiré escribiendo
¿Qué recuerdo de ‘El filo de la navaja’?, escrita por Somerset Maugham. Pues que es la lucha de un tipo con suerte por ser feliz. Y que tiene dos historias dentro de la historia. La primera es la del protagonista y de quienes le rodean. La angustia que el autor genera en el lector al ver cómo va desaprovechando todas y cada una de las oportunidades que la vida le va poniendo delante pese a ser un tipo llamado a la desgracia. En la novela, todos finalmente consiguen lo que quieren, pero Somerset prolonga la angustia, exactamente, hasta el último párrafo, donde resuelve todos los enigmas y el guión cobra su sentido en una segunda historia, la narrativa, difícilmente igualable. Me la recomendó Maite Larzabal, mi madre.
¿Qué recuerdo de ‘La espuma de los días’? Que el paso del tiempo es inexorable, y pese a tener un piano que hace cócteles deliciosos según las notas y sinfonías que toques, si decides permanecer forever young te expulsan de tu paraíso terrenal. Me la recomendó Cris Vera, mi mujer. Es una segunda opción para encarar la madurez. La de Somerset es la renuncia material en busca de la felicidad espiritual. La de Boris Vian es la expulsión del paraíso. Falta la tercera que completa la tríada de novelas del siglo XX que son imprescindibles para aprender a dejar de ser joven que, no nos confundamos, no quiere decir hacerse mayor. Nótese el agrio matiz. Estaba completamente extasiado. La angustia existencial que muchos jóvenes de otras generaciones, ya fueran de los Locos Años Veinte o de los Años Sesenta y Sartre, estaba perfectamente explicada, contenida y transmitida en estas tres obras. Increíble.
‘Tender is the night’. Es la tercera que me leí y la que me hizo recuperar en una curiosa hilazón mental las dos anteriores como dignas de una trilogía perfecta para treintañeros con síndrome de Peter Pan. Me la recomendó Ana Munain, mi amiga. La definió en una sola palabra. Esa palabra que explica, describe y define algo que yo he sentido, que conozco y que a veces, solo a veces, te sucede en la vida y te hace saber que estás vivo. Enrique Meneses habla de ello en sus memorias, cuando dice que en esta vida hay dos o tres momentos que sabes que son únicos e irrepetibes. Y Meneses sabe lo que se dice. La palabra que los define es 'fulgor'. Y la novela es la de otro tipo que lo tiene, y que lo pierde porque le da la gana. Más angustia. Más juventud, divino tesoro en un barco hundido por el paso del tiempo.
En ese maldito velero desarbolado y hundido que es el cáncer del tiempo se fue Ana Munain. Nació en Bilbao, se licenció en Deusto, cursó el Máster de Periodismo de El Correo y, ahogada por el ambiente tardoburgués imperante en Bilbao se fugó a buscar su esencia a Granada. Lo encontró mil veces. Lo repartió, lo compartió. Era un Google de cariño y periodismo. Vivimos juntos una era dorada de la que antes escribieron Somerset Maugham, Boris Vian y Scott Fitgerald, de cuyos libros hablamos durante horas, días y semanas moliendo café. Supongo que por eso se murió sin cumplir los treinta. Para que su ejemplo fuera una de esas velas que nos ilumina.
Esta, querido lector, amiga que has llegado hasta aquí, es la historia de Ana Munain. Es la historia de los ratones de Boris Vian, la del filo de la navaja de Somerset Maugham o la del fulgor de la poderosa juventud magnética e inmarcesible de 'Suave es la noche', descrita por Scott Fitgerald
Ana permite que un tipo como yo una noche como hoy se reconcilie con el Periodismo recordándola.
Ana me reconcilia con mi vida.
Ana vive en mi Biblioteca y la puedes saludar ahora, en blanco y negro enmarcada en madera verde, en el Zubi Txuri de Bilbao, mirándote, vivita y coleando.

Asko maite zaitut!

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