23 de diciembre de 2011

¿Somos culpables?

Recientemente coincidí con la antropóloga Teresa del Valle en una reunión de un jurado. Me alegró muchísimo porque me dio una lección de las que se aprenden enseguida y una magnífica indicación para encontrar la ruta. Ella lo expresó a su modo pero a mí me sirvió para anotarme lo siguiente: Cuando se adoptan decisiones fundadas en creencias muy profundas, se deben arrostrar las críticas de quienes no las comparten, y eso no debe constituir un obstáculo para tomarlas. También anoté que no estamos obligadas a prestar atención a determinadas ideas.
No sé si es por carácter o por las cuestiones propias de mi sexo, pero cuando me indican que acaso yerro en mis planteamientos, me paro, me observo, escucho y, si hace falta, rectifico. Y hace falta muchas veces. Veo lo mismo en gente de mi entorno, y lo aprecio. Y saber que se puede influir, que una discrepancia sirve para aclarar y convencer, anima a mantener discusiones, aunque no siempre es agradable, porque a veces en el argumento hay una crítica personal. Se hace una toma en la que no salimos muy agraciados o no nos reconocemos en ella. A veces, nos salen ramalazos y otras, actitudes que solo se detectan mediante un microscopio, o analizadas bajo una mirada sagaz, que puede antojársenos despiadada.
Supongamos, es un poné, que alguien señala en mi discurso un matiz racista, xenófobo, heterocentrista, machista. Sí, machista, porque a pesar de que soy feminista, no descarto incurrir en machismos. Yo no nací aprendida. Mi apuesta por la igualdad, como la de tantas, es un esculpir constante, limando por aquí y proyectando por allá. ¿Por qué, entonces, habría de molestarse un hombre cuando se le hace notar que acaso su mirada sea sexista, incluso machista o, peor aún, misógina?
Quizá haya que ser humilde para exponerse a ser convencido cuando alguien plantea una duda y lo hace de forma razonable.
Ahora, hay casos en los que es imposible el acuerdo. Esas conversaciones son las que ya no me interesan.

Cuando ciertas injusticias nos son lejanas, podemos considerarnos inocentes. Si alguien nos las señala, y añade que, acaso, con nuestra actitud colaboramos a ellas y las reforzamos, empezamos a ser responsables. Si a partir de ahí no ponemos todo de nuestra parte para aprender a identificarnos como agentes de esas injusticias, entonces… somos culpables.
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