29 de agosto de 2010

Esta historia la han contado muy mal

Se ha dado la casualidad de que he llegado esta noche de domingo a la tele vasca, EiTB, al canal sat, donde estaban retransmitiendo una fiesta de recortadores, que se celebró el día 18 de agosto en Tafalla. Quizá algunos se acuerden porque de esa fiesta salieron 40 heridos. Dos de ellos, graves. Un adulto, por asta de toro en la espalda; y un niño de diez años, por el pisotón de los 500 kilos de toro.
La noticia contada aquí.
Me gustaría que tuvieras la paciencia de llegar hasta el final de este post, porque la historia nos la contaron tan mal, que se hizo imposible entender lo que había sucedido.
Van las imágenes de una de las televisiones ese día.



Primero, no lo estoquearon, como dice el locutor, sino que lo arrinconaron en el callejón y lo apuntillaron (con el puñal en cierta zona de la columna vertebral. Muerte infalible).

Pero lo más importante es lo que se sucedió antes, y que ni esa cámara ni muchas otras (como ésta), mostraron.

Después de que en Cataluña se haya prohibido la tauromaquia, se han querido presentar en los medios las fiestas de recortadores como la herencia civilizada de la fiesta de los toros. Apta para niños y mayores. Un espectáculo gimnástico y bello sin sagre ni dolor.

Pero no. Y en la retransmisión de ETB sat , es decir, en los antecedentes de esos vídeos que los medios nos dejaron ver de Tafalla, se entiende con claridad lo sucedido.

La fiesta de recortadores, en la que ETB se ha volcado, no es la versión lúdica y atlética de la fiesta nacional. Es un espectáculo en el que se usan toros desterrados de la fiesta, los deshauciados, material de deshecho. Y tiene sus riesgos. Los toros que parecen usarse en las fiestas de recortadores son aquellos que los veterinarios de la otra fiesta de los toros han considerado no aptos. Y se ve con claridad en ese toro de Tafalla.
El primero que sale es un toro colorado que permite ciertas alegrías a los recortadores. El segundo, el criminal, es un toro con mucha faltas de origen. Y se le ven nada más saltar a la arena.
Primero, es un toro bizco. Y en este país se exige tanto en las plazas, que un toro que no tiene sus pitones a la misma altura es feo y no apto para torear en plazas de primera. Ni de segunda. La ganadería, la que sea, me da lo mismo, lo vende en un lote. Lo mandan para los corrales. Lo vende en otro lote. Más camión y más corrales. En este tiempo, no se le corrige la bizquera del cuerno, claro. Porque le viene de nacimiento.
Ese toro aprende a moverse en corrales, aprende a salir a la plaza, aprende las dimensiones de la plaza, aprende a aguantar que lo aprieten, aprende que hay salidas, y las prueba todas.
Primero, sale con tal fuerza que remata en tablas y se quiebra el pitón. Eso de primeras. Antes de que recortador alguno quiera lucirse, el toro hace tres intentos por saltar al tendido. En uno de ellos, consigue colarse en el callejón. Les cuesta sacarlo, porque incluso se voltea, cambia de dirección.
Los altavoces de la plaza de Tafalla claman: van a devolver el toro a los corrales porque se ha herido. Uno de los mozos se mete por la tronera de un burladero, desde allí lo cita con los brazos en alto... Fatal decisión, porque...
Es entonces cuando el toro se apoya en el burladero y salta al tendido. Lo ha intentado al menos tres veces antes. Pero para ese momento ya ha aprendido. Ya sabe la altura de la barrera y la anchura del callejón.
Habrá quien piense que deliro, que es imposible que sea así.
Pero no. Los toros aprenden filosofía si les damos tiempo.
Esa tan civilizada fiesta de toros que se fundamenta en recortadores deberá usar toros en condiciones, sin estrenar, o será más peligrosa para el espectador de lo que ahora es una corrida convencional para el toro de lidia.
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