9 de marzo de 2010

Cinco minutos son demasiados


Cinco minutos son demasiados

La última semana de febrero, la fiscal superior del País Vasco, María Ángeles Montes, compareció en el Parlamento de Vitoria para presentar la memoria de actividades de la Fiscalía correspondiente a 2008. Sí, 2008, no 2009. Es de imaginar que quienes contribuyen a su redacción lo hacen porque consideran que los datos son de relevancia, es más, que sirven para evaluar lo hecho y enmendar lo errado. Pero cuando la evaluación viene con un retraso, no de un año, sino, en sus primeros datos, incluso de dos años, para poco o nada sirve.
Escuche, si es a finales de febrero de 2010 cuando por fin podemos analizar los datos de 2008, desde que el delito, sea cual sea, se produce, hasta que es inventariado, han transcurrido un mínimo de 14 meses. Puede que para el desarrollo de una sociedad democrática 14 meses no sean nada, o sean una minucia, un suspiro. Quizá para la justicia sean mucho menos que un suspiro. En tan raudos datos estadísticos dice la fiscal jefe que se han producido más casos de estafa -4.271- que de «maltrato familiar no habitual» (sic), 4.012. El «maltrato habitual» produjo en aquel tiempo 121 anotaciones en sus registros.
De la interpretación que la fiscal hace de esos datos se colige que, como el número de casos de «maltrato familiar», habitual o no, es menor que los de estafa, la alarma que se genere ante su conocimiento debe ser equivalente a la que producen esos casos de robo o engaño. Y si éstos no provocan alarma alguna, ¿por qué hemos de inquietarnos por los de maltrato?
Según Montes, parece no haber razones para ello. Es más, si se genera alarma es porque los medios amplifican el eco de ese maltrato. 'La culpa es de los medios', parece decir. Y es un viejo tópico culpar al mensajero de las noticias que trae. Se podían esperar explicaciones más elevadas de quien tiene responsabilidades en la justicia y en cómo se administra. Porque el problema ya no es que en 2008 se produjeran más de 4.000 casos de violencia familiar, sino que los medios informan de ello. Los avestruces se han inventado tácticas casi tan inteligentes.
Desde que en diciembre de 2004 se promulgó la Ley Integral contra la Violencia de Género, los medios han prestado una atención irregular a los casos en que una mujer, sea esposa o no, es agredida por ese hombre con quien tiene o ha tenido una relación sentimental. Atienden esos casos y los llevan a sus páginas. No siempre lo hacen con la profesionalidad que debieran, no siempre con el acierto que muestran en el tratamiento de otras noticias, pero el caso es que las políticas de prevención y la información sobre ellas y sobre los casos de maltrato han logrado que el número de mujeres asesinadas, y de maltratadas, descienda hasta niveles en los que nunca antes estuvo.
Y esto es una buena noticia, y si los medios no informaran del maltrato, del habitual y del ocasional, no lo sabríamos. Ese efecto amplificador de los medios que tanto teme Montes es el que nos muestra a mujeres que han salido de la vorágine de maltrato habitual y ocasional.
La sociedad está preparada para saber que robar es un delito, que quien estafa y roba no debe irse de rositas, que le espera su castigo. Todos sabemos que la estafa debe penarse. Sin embargo, hay quienes no saben que maltratar a la mujer a quien dicen amar también tiene un castigo superior a ese remordimiento que sienten cuando la ven dolida, amoratada y sufriendo. Y llorando. Incluso, cuando le ponen los apósitos para que no sufra tanto, y la intentan convencer de que nunca más lo harán.
Es más, por duro que parezca, hay mujeres que no saben que ningún hombre, y mucho menos ése que dice amarlas, está autorizado a golpearlas, humillarlas, extorsionarlas. De modo que pueden solicitar protección frente a ello, y además deben hacerlo. El perdón no es potestad de la víctima, sino del entramado jurídico y legal que la protege. No depende de ella, ni de la presión que él ejerce sobre ella y sus hijos, sino de las leyes que prohíben el maltrato y proscriben a quien lo ejerce. El maltrato es un delito y quien maltrata es culpable, y lo es aunque su víctima lo ignore.
La Fiscalía ha necesitado 14 meses para mostrar al Parlamento los resultados del ejercicio del año 2008. Y 14 meses pueden no ser nada pero, para esa mujer que espera, y entretanto es maltratada, cinco minutos son una eternidad y en 14 meses se producen más de 100.000 oportunidades de sólo cinco minutos.
Publicado en El Correo, 9/3/10.

La ilustración es de José Ibarrola.
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