20 de septiembre de 2009

Balazos en el eoceno

Ésta es la playa en la que aprendí a defenderme de las grandes olas. Es la playa de Azkorri.

Bajábamos por la peña, un acantilado que hoy me daría miedo y que era plataforma de suicidios, o caídas involuntarias pero fatales. La de Azkorri es una playa soberbia: con grandes verdes (además, protegidos), mucha roca y piedra, arena oscura, un manantial y una única zona (NE) en la que bañarse descuidadamente. Es un decir. El declive es tan brusco que se pasa de tener el agua en los tobillos a la cadera y de aquí a los hombros, en dos pasos.
La ola de Azkorri es especial, porque ataca al unísono en toda la playa. Hace unos años, fui con M. uno de esos días en los que ya te despides del verano. Era septiembre y marea baja. ¡Baja! Estaba de espaldas al mar, jugando a coger las olas por arriba, de modo que me levantaban y veía la playa desde otra perspectiva. A una de éstas, fue como si alguien me tocara en el hombro y me dijera 'Eh, atenta a lo que viene'. Giré la cabeza, y vi no una, sino cuatro paredes inmensas de mar que se me venían encima. Lo llaman 'las mareas vivas de septiembre'. Nadé hacia la orilla, corrí cuando pude. Llegó la primera y con furia me revolcó. En esas que estás entre la espuma y la arena, nunca se sabe en qué dirección está la superficie; es decir, en qué dirección orientar las fuerzas para respirar. Vino la segunda, y la tercera, y acaso la cuarta. La malas olas vienen de tres en cuatro o de cuatro en cinco.
Esta semana pasada, Eva Molano contaba en El Correo que mi playa (una de mis dos playas) conserva una imagen, un retrato, del eoceno, época en la que se crearon las grandes cordilleras, como los Alpes y el Himalaya. Y Azkorri.

Y entonces recordé que, cuando bajábamos por la peña, en el extremo más nororiental, allí donde era posible el baño, la Guardía civil a veces hacía prácticas de tiro sobre una pared muy lisa del eoceno. Esas balas de la Guardia civil seguramente borraron muchas de las sonrisas que los habitantes del eoceno, haciendo caso a los consejos que Ander Izagirre 55,8 millones de años y cinco meses después dio, se habían esforzado en dejar para la posteridad.

La primera foto es de aquí; la segunda va firmada.
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