5 de junio de 2015

Días de bandera roja

El nuestro era un patio en forma de U al que daban ventanas, balcones y terrazas de 30 viviendas, 30 familias. No había persianas, las puertas estaban siempre abiertas, las vecinas hablaban de balcón a balcón e, incluso, se enviaban cosas por el aire sin paloma mensajera.
Susana se pasó la infancia bailando en la terraza, oíamos las risas de Elena aunque no la viéramos, veíamos la tele a través de la ventana de Feli y el sonido lo ponía el aparato de "los numerosos". Algunas tardes, subía el aroma del café de casa de Líber y si mamá decía "Hum, qué bien huele", Líber mandaba a Róber o Gonzalo con una taza para arriba.
A veces, mamá me daba una notita ─"Entreténmela un rato"─ y me mandaba donde una vecina: "Vete donde Rosi y dile que te dé esto". Yo era una criaja que todavía subía los peldaños de uno en uno y, entre bajar y subir, sumaban 121. Rosi leía la nota y me decía que me pusiera a jugar. Un rato después me mandaba para casa. Si yo le recordaba que había ido a por algo, ella me daba cualquier cosilla.
Todos los días a las 10 íbamos a la playa. Andrés solía hacerse el encontradizo en el patio y se venía con nosotras. Si llovía, tapábamos la ropa con la toalla y al agua. Medio barrio aprendió a nadar con mamá en Arrigunaga.
Una mañana de sol, siendo yo muy pequeñita, una vecina le preguntó si no había playa ese día.
-Hay bandera roja -y se rió a carcajadas-.
Tardé años en entender a qué se refería.
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