9 de marzo de 2012

¿Puede la mujer ser hombre?

El revuelo ha sido mayúsculo: la Real Academia de Española (RAE) ha suscrito un documento elaborado por Ignacio Bosque, el ocupante del sillón 't' minúscula, sobre 9 guías de recomendaciones para usos no sexistas de la lengua. El alboroto tiene su origen en que hayan reaccionado ahora, lustros después de las primeras publicaciones.
Es bien sabido que los académicos son de natural remolones a la hora de responder a las demandas de los hablantes. Para quien necesite alguna prueba, basta decir que la palabra 'internet' se incorporará al diccionario en su 23ª edición, cuya publicación está prevista para 2014. No es una muestra de celeridad, precisamente. Quienes antes hayan necesitado resolver si debían escribirla con mayúscula, en cursiva, con artículo femenino o masculino, habrán debido buscar respuestas en guías de uso sobre ordenadores. En la RAE, no había consuelo.
Los hablantes no necesitan academias de la lengua. Si no entienden una palabra, le preguntan al interlocutor qué ha querido decir y resuelta la cuita. Tampoco necesitan normas; les basta decir las cosas como siempre las han oído. Se pueden lograr altas cotas de comunicación sin conocer conceptos como género gramatical, masculino genérico o desambiguación semántica.
Las necesidades del castellano de hoy, del decimosegundo año del siglo XXI, tienen mucho que ver con las de siglos anteriores, pero durante los últimos 50 años se han producido cambios importantes en las sociedades que llamamos civilizadas. Una de ellas, nada desdeñable, es la incorporación de las mujeres a los espacios públicos, al mundo laboral, a las artes, la ciencia, el deporte.
Esa decidida afiliación de mujeres a mundos antes exclusivamente masculinos viene ligada a la necesidad de referenciarla en palabras que antes no eran necesarias y ahora se hacen imprescindibles. El hablante necesita referirse a esas profesionales que trabajan en la arquitectura, la medicina, la judicatura, los ayuntamientos y juzgados, que esculpen, pintan, escalan ochomiles. El hablante necesita dirigirse a un público amplio en el que las mujeres están presentes, y hacen, opinan, deciden y votan. Y probablemente estén tan satisfechas, cuando no orgullosas, de haber llegado a ciertos mundos, que exijan que se las referencie, que se las tenga en cuenta.
Cuando cambian los interlocutores, cuando donde solamente había hombres irrumpen las mujeres, cambian las necesidades. Y empiezan las dudas. Él es técnico de sonido, crítico de cine, juez, médico, concejal, alcalde, ¿y ella? La RAE podría haber actuado con prontitud, detectar la necesidad de nombrar en género femenino, y haber publicado un inventario de profesiones con sus nombres. Se le adelantaron los institutos de la mujer recién creados. Muchas de esas profesiones o cargos se expresaban ya en femenino aunque con un significado distinto: médica era la mujer del médico como alcaldesa era la del alcalde. Esos significados vicarios vinieron a sustituirse por profesionales de mujer. Y los hablantes sustituyeron, no las palabras, sino los significados. Médica era ella y él, a veces, el marido de la alcaldesa. Entre tanto, los académicos, en la luna.
La cosa iba en aumento. El 5 de marzo, un periódico titulaba así una información: 'Nueve juezas juran su cargo para ejercer en el País Vasco'. Y el titular iba en femenino porque eran 9 de 9. La RAE tiene reglamentado que tan correcto es decir la jueza como la juez. Pero si el redactor hubiera optado por la segunda posibilidad, el lector habría necesitado de la foto para hacerse una idea cabal de la novedad de que todas fueran mujeres. Esa situación, o aproximaciones a ella, son frecuentes.
Los colectivos son plurales y están compuestos por mujeres y hombres. Resulta difícil de entender que los académicos hagan frente común ante manuales redactados con el fin de expresar de forma precisa esa realidad. Se queja Bosque de que quienes han propiciado su redacción no han recurrido a la RAE. Cómo hacerlo si algunos de sus miembros parecen comportarse como francotiradores con quienes se dotan de recursos para expresar esa realidad colorista y plural; si hay quien parece dejarse la vida en la imposición del masculino para expresarlo.
Hay personas que no se reconocen en ese masculino genérico y quienes no desean usarlo. Entre ellas, las hay con mayor o menor fortuna para expresarse y quien, a falta de otros recursos, habla de mujeres y hombres, de padres y madres. O en lugar de decir ciegos, prefiere 'personas ciegas'. Frente a quienes lo consideran innecesario, están quienes quieren hacerlo. O al revés. ¿Vale más una opinión que la otra? La lengua es de quien la necesita. ¿Son los miembros de la RAE los propietarios del idioma?
A Bosque se le va la mano cuando se pregunta si habrá que duplicar también el género de los animales al referirse a ellos. Y en esa caricatura, quien sale peor parado es él. La igualdad es una creación y reivindicación humana. La RAE podría dirigir sus esfuerzos a acercarse a las necesidades actuales de los hablantes en lugar de definir con criterios dieciochescos y arcaizantes. Algunas de sus definiciones son extrañamente obsoletas para el castellano del siglo XXI. El DRAE, en la edición que verá la luz en 2014, exhibe asimetrías importantes en el tratamiento de los géneros masculino y femenino. Por ejemplo, el huérfano lo es especialmente cuando ha perdido al padre; el alcalde es el presidente del ayuntamiento, mientras que la alcaldesa es la mujer que ejerce el cargo del alcalde; una mujer del arte es una prostituta. Capítulo aparte merece la primera acepción de hombre: 'Ser animado racional, varón o mujer'. ¿De verdad creen los académicos que una mujer puede identificarse en el término hombre?

Publicado en Vocento el 9 de marzo de 2011.
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