3 de abril de 2011

Mariluz Bellido habla de su marido, Agustín Ibarrola


Mariluz Bellido
Consorte de... Agustín Ibarrola, pintor y escultor

"Siempre he procurado estar a la altura de Agustín"

La vida de Mariluz Bellido, unida desde 1953 a la de su marido, Agustín Ibarrola, es una serie de recuerdos de detenciones y encarcelamientos.
- ¿Dónde nació?
- En Santander, en 1934. En un estado de excepción, en el que Agustín estaba preso en Burgos por no se qué, nos detuvieron a mi cuñada y a mí. En el interrogatorio, el policía me dijo que me mandarían a Santander. 'Me alegro porque nací allí, pero no lo conozco'. Y me contestó: 'Pues ahora no va'.
- ¿Cómo se conocieron?
- Yo trabajaba como dibujante publicitaria y hacía mis pinitos con la pintura. Él ya era conocido. En la Asociación Artística Vizcaína hubo una muestra colectiva con dos cuadros míos. Cayó Ibarrola por allí y lo primero que hizo fue soltar: '¡Qué exposición más mala!'. Muy tímida, le pregunté si ninguno le gustaba. Cuando le dije cuáles eran los míos, me soltó que eran los peores.
- ¿Y con esos antecedentes se casó con él?
- Sí, porque me prometió enseñarme a pintar.
- Se casaron en 1954.
- Voy a traer el libro de familia para enseñarte lo que pusieron en 'Profesión': ¡Su sexo! Trece meses después nació José, el mayor; y en 1966, Irrintzi.
- ¿Cómo fueron sus inicios?
- Fuimos a vivir a Formentera. Al quedarme embarazada, el practicante me dijo que él estaba autorizado a asistir partos, pero al no haber médico Agustín se asustó y cogimos el primer barco para Barcelona; luego, un tren. El revisor me decía que, si daba a luz, mi hijo viajaría gratis toda la vida.
Agustín recuerda sus palabras: «Mariluz, resiste hasta casa, que yo lo quiero vasco, no mañico». Su primer hijo nació en Bilbao.
- Entre las detenciones y el oficio de su marido, la vida no le habrá sido fácil.
- No. Yo trabajaba en una imprenta haciendo anuncios publicitarios. Por ejemplo, presté mis manos para la foto de la primera olla de presión 'Majestic'. Lo dejé al nacer José y, cuando detuvieron a Agustín, me dijeron que podía volver. Pero quería estar cerca del penal de Burgos.
- ¿Cómo se mantuvieron?
- De la solidaridad. La gente compraba grabados y cuadros con el fin de ayudarme. Me prepararon una exposición itinerante que comenzó en Roma y allí me acogió en su casa Rafael Alberti.
- Económicamente no les fue mal.
- No. Hemos tenido rachas, como todo el mundo. A partir de un momento ya empezó a ser reconocido y hemos vivido de la pintura sin estrecheces.
- ¿Cómo fue lo de instalarse a vivir en una aldea? (El matrimonio reside en un caserío en el valle de Oma).
- Era difícil encontrar un estudio de esas dimensiones y con luz en Bilbao. No es lo mismo estar en un piso de ciudad que en el campo.
- ¿Y para las compras?
- Con el coche. Cuando saqué el carné, Agustín ya me advirtió de que él nunca conduciría.
- No conduce, no se pone al teléfono...
- Otra manía.
- ¿Y usted, cómo lo lleva?
- Lo de conducir no me ha importado porque me gustaba. Lo del teléfono sí me molesta porque, si es un tema para él, hay mucha suspicacia. Pueden decir que, como no se pone Agustín, ahí está la lagarta de la mujer&hellip Y eso me molesta mucho.
- ¿Llaman mucho?
- Sí. Si piden opiniones, me escribo su respuesta y hago una lectura por teléfono.
- ¿Y cuando está solo?
- No coge. Le digo que si soy yo, le llamo, cuelgo y vuelvo a llamar, pero se le olvida.
- ¿Cuándo empezó?
- No me acuerdo. Un día me encontré con que no quería hablar. Seguramente le llamaban mucho, no sabía negarse, luego se cabreaba porque tendría que haber dicho que no&hellip Y le resultó más fácil que lo hiciera yo. Ahora me hace gracia.
- Usted ejerce de 'médium'...
- Sí, porque hay muchos matices y a Agustín no le llaman para&hellip chorraditas, pero no pongas que hablo tan mal.
- ¿Sus hijos son&hellip?
- Irrintzi es profesor de Biología en la Universidad y José es un artista como la copa de un pino.
- ¿Siempre ha pintado?
- Dibujaba de maravilla. Cuando su padre estuvo preso, se dedicó a hacer pájaros con alas grandes para que entraran en la cárcel con las llaves. Tendría 5 o 6 años.
«Pagó el pato»
- ¿Quién es más artista: el padre o el hijo?
- Yo los veo a los dos muy grandes. José ha tenido que batallar por desligarse del padre. Cada uno tiene su estilo.
- ¿Cómo han vivido los ataques a su obra?
- Mal, mal. Dañarle la obra es como dañarle a él. No se lo merece. Ha sido un luchador, un hombre entregado, de mucha conciencia.
- ¿Ha tenido alguna vez la tentación de no decirle que han llamado con una mala noticia?
- Siempre le cuento todo. Él ha sido un hombre de afrontar, se ha jugado el tipo. He procurado estar siempre a la altura que se merecía.
- ¿Si no hubiera sido comunista, habría tenido otra suerte profesional?
- Es muy duro. Si lo digo, me van a mirar con cierta cosa. Pero sí, si no hubiera sido militante, como otros artistas... En su momento pagó el pato, pero hoy es un hombre querido. Aunque no por todos, por eso va con escolta.
- ¿Cómo andan de salud?
- Bueno, me dio un susto&hellip
- Perdón, ¿qué edad tienen?
- Agustín, 80; yo, cuatro menos. El año pasado, en el concierto homenaje a las víctimas del terrorismo, le dio el telele. Se desplomó y se quedó en el suelo. Pero como estaban María Teresa Fernández de la Vega y el Príncipe y estos van con un equipo móvil... Estaban afuera y le hicieron los primeros auxilios. Ahora está fenomenal.
- ¿Cocina usted?
- Sí, porque... Agustín tiene etapas en las que le da por ser muy ordenado, pero es un poco chapuzas cocinando. Creo que no ha salido de los años del hambre.
- Por cierto, ¿cumplió Agustín su promesa de enseñarle a pintar?
- No, porque nos fuimos a Formentera a vivir y ya nació José. 
Publicado en El Correo, 3/4/11.

La foto es de Maika Salguero.
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