29 de noviembre de 2015

Josebi le puso la escalera

Se llamaba Zai. Había nacido un 29 de noviembre y murió el mismo día unos años después. La trajo Peio, de Ordizia. Yo le había dicho que quería un perro y me regaló el primer cachorro que le ofrecieron. El nombre se lo puso él: Zai, de cuidadora. Era tan lista como pendeja. De vez en cuando, le daba un aire y desaparecía todo el día. Solía venir con olor a muerto y el rabo entre las piernas, porque la bronca era segura. Cuando le leía poesía, inclinaba la cabeza hacia un costado; con la flauta, aullaba. Nunca supe si de dolor o como quien canta.
Un día me fui al mercado y ella se quedó, como siempre, en la puerta, tumbada, con la cabeza apoyada en las manos. Se me fue el santo al cielo y elegí otra de las salidas para irme. Allí la dejé. A las diez de la noche, con una puntualidad asombrosa, volvió a casa.
Al día siguiente, cuando me pasé por el Ezkertoki -el bar que usábamos como punto de encuentro-, Nieves me preguntó:
-¿Qué?, ¿qué pasó ayer?
-¿Ayer? ¿Qué pasó? ¿Pasó algo?
-Ah, pues no sé, tú sabrás. A las siete de la tarde vino tu perra, se sentó ahí, debajo de la máquina, estuvo como tres horas y, poco antes de que cerráramos, se levantó y se fue.

Aún me río.

En Nochevieja, se ponía enferma con los petardos. Papá solía darle un trocito de válium y, mientras duraba la traca, se sentaba con ella y la acariciaba, para que no se le hiciera tan duro el miedo.

Yo creo que el cambio de casa y separarse de su gran amigo Crook -un pastor vasco mucho más joven que ella- fueron definitivos para mermar su salud. Un día, de paseo, vi que no podía seguirme.
A la mañana siguiente, cuando fui a despertar a Ramón, me la encontré allí, en la alfombra. Parecía dormida.

-¿Qué hago yo ahora?

La arrastré en la alfombra hasta mi dormitorio y la dejé detrás de la puerta. Desperté a Ramón, lo llevé a la guardería y seguido me fui al Katea, el bar que para entonces gobernaban Nieves y Josebi. Qué cara llevaría. Josebi reaccionó.

-Dame las llaves de tu casa y no vuelvas en toda la mañana.

Ramón tardó dos días en echarla de menos. Aquella mañana, mientras desayunábamos, hizo un gesto de asombro.

-¿Zai?

Yo estaba temiendo ese momento. Hice lo que había visto toda la vida.

-Zai se ha ido al cielo, cariño.

Ramón aún más asombrado.

-¿Al cielo? ¿Y quién le ha puesto la escalera?
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