10 de junio de 2015

Vengo de una tertulia de costura y de una mesa roja de formica


La mesa de la cocina era roja, de formica; las banquetas, cada una de un color. Qué curioso. Hasta ahora no me había percatado. Hace unos años fui adonde la Neska, la vieja tienda de tejidos de la avenida de Algorta, a comprar unas servilletas para diario. No quería un servicio completo de mantel. Las ocho que compré eran de 8 colores distintos.
En aquella mesa hacíamos los deberes del instituto. No tengo un recuerdo nítido, pero casi diría que los hacía rápido por salir a callejear. Mamá estaba con nosotras en la cocina, trajinando.
Cocinaba en alto. Narraba lo que hacía.
Por ejemplo, cuando fregaba:
-Pongo el agua caliente en la palangana con jabón. Limpio primero los vasos porque son los que menos grasa tienen.

En aquellos tiempos, del grifo no salía agua caliente. A veces, ni salía agua. Se aprovechaba el calor de la cocina económica para templarla y fregar.

-Friego vasos, tazas y platos y los aclaro en ese mismo orden.

Y entre ejercicios de volcanes, matemáticas, geografía y lengua, aprendíamos a usar el estropajo de esparto.

-Para pelar los ajos es mejor aplastarlos un poco con la mano contra la mesa. Los ajos deben ir al aceite frío, para que coja más sabor.

A veces pedía voluntarias:
-¿Quién me ayuda a limpiar las anchoas?

Nos enseñó a resolver los problemas antes de que se nos plantearan:
-El limón deja marca sobre el mármol. Hay que procurar que el ácido no lo toque.

También sabía de medicina:
-No se puede tomar la aspirina en ayunas porque te hace un agujero en el estómago. Ni hay que tragar el chicle, porque se te pegan las paredes del estómago.

Por las tardes, había tertulia de costura en casa. Las chavalas en edad de enamorarse venían a coser, o a contar sus cosas. Recuerdo especialmente a M. A. , G., C., A. y R. M. Mamá les enseñaba a coger el bajo, arreglar la cremallera, hacer los ojales o coser los botones. A nosotras nos ponía a sobrehilar o a quitar hilvanes.
La de refranes de costura que me sé:
‘Costurera sin dedal cose poco y ello mal’, ‘La hebra de Marimoco, que para llegar al cielo le faltó un poco’, ‘La hebra de Marimoco, que cosió siete camisas y le sobró un poco’…
Una tarde, alguna de ellas hizo algún comentario malintencionado sobre una de las ausentes. Mamá la frenó en seco: “Aquí no se critica”.
De esa mesa roja de formica y de esa tertulia vengo.

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