29 de diciembre de 2013

4.000 exalumnos, aproximadamente, en 20 años

En 1993, el 29 de diciembre cayó en miércoles. Ese día, firmé mi primer contrato como profesora de la UPV-EHU.


Algunas veces, los exalumnos, cuando han recibido sus notas, escriben cosas bonitas. A veces, dicen “Ahora que he aprobado y ya no es peloteo…”. Y añaden: “… quería decirte que me pareció que cerraste la última clase de la licenciatura de forma muy especial y creo que esa fue la sensación de todos”.

O: “He sentido que aportas cosas distintas a la docencia”.

O: “Jo, al principio no entendía tus bromas. Qué graciosa eres”.

O: “Ha sido un placerazo conocerte”.

Otros, los más decididos (suelen ser varones), vuelven al despacho, a veces con pretextos, y consiguen decirlo: “Quiero seguir en contacto contigo aunque me haya licenciado”.

O: “Que tirria te cogimos cuando recuperaste tres horas del tirón. Hacíamos apuestas con el contenido del botellín que llevabas a clase. Unos decían que era agua, otros que ginebra, otros que metadona. Yo era de los últimos”.

Alguna vez, suena el teléfono: “¿Lucía? Soy tal, no sé si te acordarás de mí. Estudié contigo tal año”. Y cuentan. “Estoy trabajando en un diario, y me han ofrecido dirigir los informativos de la televisión de mi provincia. No sé qué hacer”.
-¿Qué dicen tus padres?
-Que soy yo quien debe decidir.

O: “Soy Xandra. Ahora llevo la comunicación de una empresa. Hemos organizado un acto en un hotel de Bilbao y me gustaría que vinieras”.
-Huy, qué perezón, Xandra.
-Es que lo presento yo.

O: “Soy exalumna tuya. Trabajo en una publicación y tengo una duda con esta frase. ¿Me la miras?”.

O: “Esto… Trabajo en una tele pública. Hago entrevistas a gente… A gente así… A gente, ya sabes… Quería hacerte una entrevista a ti”.

O: “He mirado másteres. No sé cuál hacer”. Y luego me piden la carta de recomendación.

O: “Ahora estoy en un periódico. Todos los días tengo que proponerle al jefe temas, como hacíamos contigo”.

O: “La última no fue una clase, ¿no?”.
-¿Cómo?
-No sé. Como llevaste papeles, parecía una conferencia.

A veces dicen que han aprendido, que no entienden cómo han tardado tanto en saber que el adverbio ‘etcéteramente’ no existe, si lo utilizaron en al menos 5 exámenes.

Otras, lloran.

Traen historias muy íntimas que procuro no permitirles contar hasta que superan la asignatura: “Mi madre fue maltratada. Quiero ser periodista para contar eso y que no suceda más”. “Esperaba haber dado más en lo tuyo, pero se murió aitite esta semana”. “Quiero presentarte a mi padre. ¿Estás casada?”.

Se matriculan en la Escuela de Periodismo ‘Juantxu Rodríguez’ de la UIMP, que dirijo desde hace años: “He convencido a mis padres de que me paguen la matrícula. Si he aprendido tanto contigo este curso, quiero aprender más”.

Otros (dos en estos años) escriben desde emails anónimos: Me insultan, me ofenden, lo consiguen. Saldan sus cuentas.

Otras veces, se plantan en el despacho; se sientan en esa silla que en oficinas se llama ‘del confidente’, y que no es otra que la de atenderlos. Se quedan callados, miran, escarban en su cerebro y no encuentran las palabras que necesitan. Mientras los observo, y a veces me troncho de risa íntimamente, pienso que han ensayado cosas que decir, pero ahora no les convencen.
Estos son los que más me enternecen. Suelen ser grandes tímidos (o tímidas), escriben en la soledad de su ordenador de casa, llevan años haciéndolo, reniegan, se pelean contra sí mismos, no saben si están en el camino o son locos. Un día se desmelenan y escriben una aproximación bastante precisa a eso que creen que es la buena literatura a que están destinados. Llegan a clase, con dos o tres espinillas (reventadas) en la barbilla. Comienzo la disección del texto, abandono el ratón y al acabar, si les miro y les doy la enhorabuena, ya no se sienten locos.

Me dejan el disco de su grupo de garaje, la foto de la promoción,  o de su gato, perro o ternerita. Y esas veces que he participado con ellos en la ceremonia de licenciatura, me han presentado a sus padres, a sus novios, a la que creen será su pareja de por vida…

Si miro muy atrás, veo el tumulto de unos 4.000 exalumnos en los 20 años de docencia en la UPV-EHU. Conservo vivos recuerdos de muchos de ellos. De muchos. De al menos dos o tres de cada curso.

De nadie como de June Fernández: una alumna, mientras lo fue, distante, un poco fría, algo protestona, que he frecuentado mucho después de que se licenciara. Es, con diferencia, la exalumna de la que más he aprendido.

¿Hay forma humana de sentirse más vieja, más anciana, acaso más sabia?
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